¡Salta!

Por: Dayana González Fajardo

Ella corre frenética por la carrera Séptima con un gran morral en su espalda. Llega a un edificio que alguna vez fue azul, cruza un alambre de púas sigilosa y abre una puerta en el interior. Mira hacia atrás revisando que no la persigan. Su corazón late a gran velocidad. Temblando, cierra la puerta con varias llaves y baja una reja metálica. Un espasmo doloroso paraliza su columna y sus piernas. Se dobla de dolor mientras mira su reloj con preocupación. Respira profundo, se yergue de nuevo y asciende completamente agitada los nueve pisos de la escalera. Llega agotada al último peldaño y corre hasta una puerta metálica con reja. Mira de nuevo su reloj, abre la reja y la puerta y las cierra de nuevo tras de sí. Toma un gran armario lo pone contra la puerta y lo ajusta con una pesada cadena que se encuentra instalada en la pared.

Exhausta, se sienta en el piso y su respiración se acelera de madera dramática. Mira sus manos que están lentas y pesadas. Observa como sus venas burbujean encima de la piel cambiando su color verde a un púrpura casi negro. Se pone de pie y descarga la gran maleta sobre la mesa. La voltea y riega su contenido sobre una mesa de madera rústica. Varias cajas y frascos con alimentos caen de la maleta. Una lata rueda por la mesa y cae de filo sobre su pie. Ella no se inmuta, está petrificada mirando un punto fijo, perdida y confundida. Todo se va tornando gris.

Respira profundo, cierra los ojos con fuerza y, por un segundo, todo parece volver a la normalidad. Recuerda su último Septimazo: el olor del pan recién horneado de la Florida, el sabor profundo de un jugo de naranja callejero y, sobre todo, el olor de la lluvia sobre la tierra seca bajo un gran árbol contiguo al Planetario. Se ve ahí tumbada bajo el árbol, sintiendo las gotas caer en su rostro y escuchando un par de risitas a su alrededor.

Otro espasmo la despierta y la pone de rodillas, se aprieta el estómago con fuerza. En una puerta contigua de madera se escuchan rasguños y a alguien intentando entrar a la fuerza.

Mira la puerta, respira profundo y revisa el reloj.
—No todavía… no todavía —dice en una voz casi imperceptible y muy agitada.

Coge un esfero y un papel y escribe temblorosa una nota sobre la mesa. Le es difícil imprimir las letras en el papel. La puerta adjunta se mueve con mayor fuerza y el picaporte empieza a dar vueltas. Ella, asustada, mira de nuevo la puerta y apura las líneas.

Un nuevo espasmo más agresivo la tira al piso donde se revuelve adolorida entre convulsiones violentas. Grita con fuerza y desesperación y se pone de pie con gran esfuerzo. Se dirige a una ventana que está tapiada y quita la madera con fuerza y rapidez. Abre la ventana y acerca una silla hasta ella.

La puerta de madera se abre y dos sombras inundan el lugar. La alarma de su reloj suena, ella se sube a la silla y se trepa al marco de la ventana. Sus ojos están cubiertos por un velo y no distingue bien las formas. Su respiración empieza a hacerse más lenta y discontinua.

Las sombras se acercan a ella con rapidez pero ella levanta su mano hacia al frente.
—¡No! —grita enfática.
Las sombras se detienen. Una lágrima corre por su mejilla y su rostro esboza una sutil sonrisa. Da la espalda y salta al vacío mientras escucha al unísono dos voces desgarradas gritando:
—¡Mamá!

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