La parte de atrás

La parte de atrás

Por: Angélica Céspedes Neira, escritora de «A Dos Manos»

 

Andrea y Sofía, animadas aún por la euforia de la fiesta, salen en plena madrugada de un exclusivo sector de rumba de la fría capital y abordan el Uber que la aplicación les indica. Entre risas, producidas por los ya varios grados de alcohol en sus cuerpos, comentan lo atractivo de su conductor: un hombre de cerca de treinta y dos años, delgado y un tanto atlético, de estatura por encima del promedio, ojos grisáceos y profundos, enmarcados en unas cejas muy bien delineadas que hacen juego con su frondosa y oscura cabellera, nariz aguileña y unos labios que de inmediato provocan en Andrea y Sofía ganas de morder.

Las inquietas amigas, entre la complicidad y las ganas de más diversión, deciden iniciar un juego de lujuria, no hacen falta las palabras, en sus miradas se puede ver que los dados ya están echados, solo resta esperar quién saca par más alto de la noche. Entre risas y cotilleos, Andrea –que posee una piel de absoluta blancura y tersa como el pétalo de una flor; sus mejillas, producto del licor, esbozan un rosáceo tenue, unos ojos café claros rebosantes de unas largas y onduladas pestañas– inicia el juego, lentamente se acerca al cuello de su amiga Sofía –una mujer de figura esculpida y bendecida por todos los dioses, rasgos finos y alargados, ojos negros y grandes que parecen guardar más misterios y secretos que la misma inquisición, los cuales compiten en belleza con su larga y voluminosa cabellera negra–.

Mientras Andrea recorre con suaves y pequeños besos el cuello de su amiga, Sofía inicia su camino por los muslos de su compañera de aventura, provistos de unas delgadas medias de malla, propias de la tendencia actual, hasta llegar al filo de la pequeña falda que la acompaña, justo a unos pocos centímetros de su ya candente sexo. En este punto, el conductor ya se ha percatado de la situación y sin dejar de conducir, esquiva con su mirada la apoteósica escena para controlar la incomodidad que ya empieza a sentir en su pantalón.

Andrea, al no poder resistir la reacción que le genera la mano de su amiga, le toma suavemente la cara en busca de sus carnosos labios y los inunda con pasión con su lengua, Sofía responde sin el menor reparo dando pequeños y suaves mordiscos en el delgado y sedoso labio inferior de su amiga. Cada segundo que transcurre parece traer consigo ráfagas de deseo desbordante y, por un instante, olvidando dónde se encuentran, se dejan llevar por el deseo, la temperatura se vuelve insoportable allí adentro y ya en nada se parece al frío clima de la noche; los vidrios empañados y una atmósfera provocadora que se parece más a un cuarto de juegos, que a la parte trasera de un automóvil de gama media a marcha lenta. El conductor ya no logra mantener la concentración en la avenida, por más esfuerzos que ha hecho, y después de bajar de un solo tajo el sonido de la música, eleva la voz y dice:

—Señoritas, disculpen la interrupción, confirmo que la ruta de la aplicación tiene dos paradas y ya estamos llegando a la primera.

Esas palabras son como una bocanada de aire frío que trae un poco de calma a la situación. Por un instante, las dos amigas sonrojadas por el placer y por algo de pena luego de aquella interrupción, se miraron queriendo encontrar en los ojos de la otra una respuesta rápida a la pregunta. Casi de inmediato, Sofía, sin mayor reparo le dice al conductor:

—¿Cuál es tu nombre?

—Daniel —responde dibujando una leve sonrisa en sus labios.

—Daniel, por favor busca un lugar oscuro y seguro donde te puedas estacionar de inmediato.

Andrea suelta unos pequeños sonidos que parecen las risas juguetonas de una niña de cinco años, aprobando con total complicidad el juego que se vislumbraba en medio de la noche.

El conductor se detiene por un segundo a estudiar las palabras de la joven y sabe que no tiene muchas opciones, el celular sigue indicando la próxima parada, pero él se muere de ganas de saber lo que depara la noche, así que, sin pensarlo más, apaga el celular e inicia la búsqueda del anhelado lugar.

Las amigas cada vez más excitadas por lo que anuncia la noche, dejan fluir sus emociones y se funden en besos profundos e insinuantes, las manos inician un baile casi perfecto por sus cuerpos, entre suave e invasor, prosiguen las caricias cada vez más provocadoras para Daniel que ya no se puede contener un segundo más, quiere entrar en ese lujurioso juego al cual aún no sabe del todo si está invitado. Por fin, al cabo de unos cuantos kilómetros, encuentra un lugar secreto cerca de las montañas bogotanas donde podrá disfrutar de la vista en caso de no lograr ser un participante activo. En este punto, pese a morir del deseo que le provoca la escena, si no puede ser invitado de honor en aquel juego, el solo poder presenciarlo y ser él mismo quién se condujera al éxtasis por sus propias manos ya sería suficiente. Nuevamente, Daniel interrumpe la calurosa escena con una pregunta:

—¿Este lugar les parece bien?

Andrea levanta la cabeza soltando los labios de Sofía, saca la mano de adentro de su pantalón, estudia el lugar, estudia el rostro de Daniel y, tal vez por la calentura o por lo guapo que resulta el conductor, le pregunta:

—Daniel, ¿quieres unirte?

Él, que no puede aún creer que la invitación sea real, incluso que la escena que está presenciando sea algo diferente a un sueño, no logra articular palabras para dar respuesta a las ardientes jóvenes. Sofía con voz afanosa y un tanto molesta dice:

—¿Te sumas o no?

Daniel, aún sin poder hablar, abre la puerta delantera del vehículo y se acerca con pasos sigilosos hacia la parte trasera, aún tembloroso dice:

—Tengo una manta en el baúl, ¿les parece bien si la llevamos al césped?

Pese a la fría noche, las dos mujeres no ponen mayor reparo a la invitación de Daniel, el ambiente está tan caliente que todos los vidrios están por completo empañados y es casi imposible mirar a través de ellos. Con tranquilidad, Andrea y Sofía bajan del carro, intentando, inútilmente, organizar su ropa y cabello. Tan pronto ponen los pies en el suelo, sienten el vertiginoso cambio de temperatura que sube por sus cuerpos hasta evidenciarse en los senos de las dos mujeres que ya estaban despojados de los brasieres, solo las acompañan las camisolas que dejan en evidencia la hermosa creación hecha mujer. Andrea, con una camisa blanca de seda holgada, yergue bajo esta unos pequeños senos casi traslúcidos, con suaves y sutiles pezones de color rojizo al contraste de su nívea piel, mientras que Sofía, un poco más imponente en su fisionomía, lleva encima una sutil blusa de tiras negras que dibuja sus redondos y duros senos que dejan esculpir unos rígidos pezones color marrón claro; no se necesita más invitación que esa, cuanta lujuria y deseo en dos delicados cuerpos.

A pesar de la oscuridad, ya se puede ver con mayor claridad cuán atractivo es Daniel, el componente perfecto para una noche llena de belleza y pasión desbordada. Sus manos delicadas y brazos firmes acomodan rápidamente la manta en el suelo y sin mayor reparo, toma la iniciativa y se ubica en uno de los extremos de esta. Aún un poco resistente a involucrarse de lleno en la situación, no por falta de deseo, todo lo contrario, por no querer construir una barrera que difumine el encanto. Escoge con cuidado sus palabras y dice:

—El espacio es todo suyo.

Las dos mujeres reaccionan rápido acercándose a la manta. Antes de acomodarse del todo, Sofía se acerca sensualmente a Daniel y le susurra al oído:

—Tú solo puedes observar a menos que alguna de nosotras pida lo contrario. ¿Estás de acuerdo?

Daniel, con mirada profunda y pupilas casi tan pasmosas como la neblina del lugar, responde:

—Si eso quieres.

Justo cuando Sofía empieza a encontrar placer en esa mirada, la mano de su amiga la atrae de inmediato a ella y, dejándola sentada, la besa con total deseo, sus manos sin dudarlo le sueltan los pequeños botones de su camisilla y con premura serpentean por su vientre camino al monte de su deseo, que está completamente húmedo.

—Así me gustas —le dice Andrea al oído mientras esta aprieta, muerta de deseo, los senos ya desnudos de su amiga para luego recorrer con su lengua su suave pezón.

Daniel sigue al pie de la letra las instrucciones de Sofía y sin dar un paso, se mantiene inmóvil, apreciando el deleite que tiene frente a sus ojos, las mujeres no paran de besarse, acariciarse y, pese al frío de la noche, de despojarse de toda la ropa. Una vez desnudas, Andrea se acerca a su espectador y, propinándole un caliente beso, lo lleva al centro de la manta. Sin más reparo, Sofía se suma y despacio inician un juego de besos y caricias entre ellas, sin permitir aún ser tocadas por el apuesto conductor. En cuestión de segundos, Daniel se desnuda y deja expuesta la firmeza de su grande y grueso pene que resulta ser una provocación más para la ya caliente noche.

Sin resistirse más ante tantos encantos y provocación, Daniel acerca su mano lentamente a la vulva de Andrea, mientras que con su boca posee los senos de Sofía. Las dos amigas se dejan llevar por el placer y se devoran en besos reclamando cada vez más. La maraña de cuerpos resulta tan sensual y a la vez tan grotesca que pocos podrían entender las deliciosas sensaciones que la alimentan.

En cuestión de segundos, Andrea, que conoce el punto exacto para provocar incontenibles orgasmos, está fustigando la intimidad de su amiga con la lengua de manera tan deliciosa que Sofía apenas puede parar de gemir, a la vez que eleva su culo en una pose que es una invitación directa para que Daniel la posea, él, sin pensarlo, se pone el condón que habían dejado relegado en una esquina de la manta y, acariciando las nalgas de Andrea, la penetra para deleitarse y fundirse en la lujuria que el momento exige y dar paso a una melodía de gemidos, gritos y golpeteos de pieles tan uniforme y acompasados que solo invitan a más.

Sin dar tregua a las emociones y a la vez permitiendo que Sofía disfrute también del deleite que es dejarse poseer por Daniel, Andrea lo saca de ella y buscando placer en otra persona, sube unos cuantos pasos más y se ubica de frente a él para que penetre con su pene la ya muy mojada vagina de su amiga, mientras pone la suya en la boca de ella para que succione los deliciosos sabores propios del placer. Es un deleite para todos, no queda un espacio sin recorrer y en el momento en que Sofía se come los labios de su amiga con cada satisfactoria penetración, Andrea se entrega en gemidos a la boca de Daniel, quien no deja de masajear los prominentes senos de Andrea con cada penetración que le entrega a Sofia. Se escuchan de nuevo los sollozos de los orgasmos que se están propiciando, hasta que en un ensordecedor gemido, Daniel se deja correr plenamente en la caliente humedad de Sofía.

Una vez sienten que la noche se puede enfriar tras la explosión de orgasmos, como en un acuerdo silencioso, Andrea y Sofía se ponen de rodillas y tienden a Daniel en la manta. Se apoderan en conjunto de su pene e inician la más sugestiva de las provocaciones, devorando su sexo con apetito, dos bocas, dos lenguas, muchas manos y muchos jadeos se apoderan del momento y así, sin más, no permiten que Daniel salga del juego al que ha sido llevado. Una vez más, la firmeza se apodera de él y Andrea y Sofía se disponen a cabalgar sentadas sobre este, la primera, dándole la espalda a la otra y dejando entre ellas el más mínimo espacio para así poder disfrutar del placer que se disponen a entregarle a Daniel, dejándose embestir por la forma fálica más provocativa creada por ellas mismas, la una seguida de la otra, comparten amigablemente la depravación que el momento trae consigo hasta que, de nuevo, los cuerpos agitados de Andrea y Sofía ya no pueden tolerar el desborde de sensaciones y lo que en un inicio era un regalo para el abnegado Daniel, termina en un goce profundo para ellas y él, al no poder soportar tanta excitación, se deja ir dentro de Andrea.

De nuevo satisfechas, las dos mujeres son conscientes de la temperatura de la noche, toman la ropa y corriendo se suben al vehículo dejando a Daniel sin aliento, tendido en el piso, minutos después, toma su ropa y las sigue. Tan pronto llega a la puerta trasera del vehículo se da cuenta de que el juego aún no se detiene: Sofía está semi tendida en la silla trasera del carro y Andrea, apoyando solo las rodillas con el culo al aire, lame el clítoris de su amiga y masajea vertiginosamente con su palma la parte exterior de su vagina, mientras introduce dos de sus dedos recién lamidos Sofía se retuerce de placer y Daniel, abrumado con la escena que está presenciando, no puede creer que después de tantos orgasmos, las dos sigan con ganas de más. Andrea mira a Sofía y sabe que está a punto de alcanzar el éxtasis y aumenta la intensidad de su lengua y de su mano, Sofía no puede más y se deja ir en un incontrolable squirt. Daniel, perplejo y loco de excitación, se apodera de las caderas de Andrea y la penetra, fuerte, dejando a su paso un grito que se confunde con dolor y placer. Los dos inician una cadena de movimientos sin tregua alguna, es placer puro, desvergonzado, sin remordimiento, que los lleva de nuevo a sucumbir a los deseos de su cuerpo y terminar tendidos buscando un poco de aire.

Sofia se incorpora en la silla, le tiende la mano a Andrea con la poca ropa que está en el interior del carro y en tono firme dice:

—Daniel, nos vamos.

Él se levanta, se viste y se dirige a la silla de adelante para poner el carro en marcha. El trayecto es silencioso y tranquilo, las amigas recostadas, la una con la cabeza en el hombro de la otra, parecen dos inocentes ángeles.

Al llegar a la dirección pactada en la aplicación, se bajan del vehículo, aprueban el servicio prestado y, con un casto beso en la mejilla, Andrea le dice a Daniel:

—Gracias. Te ganaste de sobra las cinco estrellas, espero que la casualidad nos vuelva a encontrar.

 

 

AYUDANDO A GATITOS EN SITUACIÓN DE CALLE CON FUNDACIÓN GABA

noviembre 11, 2020

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