La última parada

Por: Julysa Tibisay Contreras Muñoz

 

Una y otra vez, terminó tomando la decisión equivocada. Han pasado solo unas horas desde que terminé con ella, y heme aquí, esperando el F23 para moverme las 25 estaciones hasta su trabajo para verla.

Solo Dios sabe el nivel de compromiso que significa amar en Bogotá. Las veinticinco estaciones al sur, son en realidad 8 paradas que, en un día malo como hoy, viernes de fin de mes, fácilmente se puede convertir en unas dos horas y media. Dos horas y media que me alejan de mi trabajo en Normandía.

El frío y la lluvia se me hacen infernales. Sin importar el tiempo, es duro acostumbrarse. Los vendedores ambulantes y los mendigos abundan en el camino a la estación. Hoy hay pocos pasajeros y los clásicos artistas callejeros preparándose para tomar la siguiente ruta. Muchos de ellos son rolos, pero muchos otros son migrantes venezolanos o desplazados colombianos que terminan perdiendo sus esperanzas entre las ruedas de los buses.

Como siempre trato de pasar desapercibida entre la gente. Oculta entre la bufanda color crema y el abrigo negro, me pierdo en el mar monocromático de personas. Sujeto fuerte el bolso mientras me preparo para ingresar al bus. Más que la fila, me preocupan los carteristas, siempre dispuestos a seguir el rastro de cable de los audífonos.

Como la mayoría escucho música, desconectada de la miseria de las voces y las noticias. Indudablemente, algunas palabras llegan a mi mente, producto del hábito de leer los labios: mil y tantos muertos, la cepa brasileña, gripe australiana, lo que pasó en Medellín. Francamente, la histeria de la gente me aburre. De algo voy a morir y no creo que sea de COVID.

Llega el bus. Tengo suerte, está prácticamente vacío. Pensaría que es raro, pero estoy cerca del portal del Norte.

1ra parada
Sube el primer grupo grande de personas. Veo el abatimiento en los rostros de la gente, el cansancio de bregar y bregar, el hambre en algunos casos, la soledad y la enfermedad en otros. Una señora con un bebé llama mi atención, el bebé, por alguna razón me parece falso, me pregunto si es un muñeco. Sus ojos están tristes pero su piel se me hace extraña. En ese momento caigo en cuenta que la veo de forma directa y nuevamente retomo mi expresión ausente.

2da parada
Unos hombres comienzan a pelear, parece un carterista que fue atrapado. Una mujer se incluye en la pelea y de un bofetón se las ingenia para rasguñar al sujeto mientras le arranca el tapabocas. Es curioso, tenía tiempo sin ver un caso de labio leporino.

3ra parada
Mujeres hablando sobre el caso de Medellín, la muchacha que salió del hospital sin pulso. ¿Se murió? No, se escapó. Eso debe ser un secuestro disfrazado de cuento. La mujer con el bebé sigue sentada. Algo en ella no está bien, debe estar enferma, seguro va camino a la EPS, que bueno que el niño esté tranquilo.

4ta parada
Veo gente corriendo en la calle. Aún no son las 7:00 a.m. Debe ser algo, pienso adormilada.

5ta parada
Se ven movimientos extraños en el bus, debe ser otro ladrón. La gente se mueve dentro del bus. La música me apacigua y me mantiene en mi burbuja de paz, pero el instinto me hace pensar en el bebé. La mujer está apretada en su asiento y lo sostiene con fuerza, se ve agobiada.

6ta parada
Siento nuevamente el movimiento de la gente que se prepara para salir. El bus se aproxima a la estación, pero la gente está en histeria, comienzan a golpear las puertas antes de que se abran. El bus decide no parar y la gente le grita al conductor.

7ma parada
Escucho el primer grito. ¿Alguien que no pudo subir? Pero el grito fue demasiado agudo, demasiado desgarrador, sonó… doloroso. La gente murmura, pero nada que no pasé todos los días. Veo mi teléfono, 7:20 a.m. las calles están llenas de gente. Siento una ansiedad eléctrica en el aire. Envío mi quinto mensaje; Anny aún no responde.

8va parada
La gente está molesta, es como una bomba de tiempo. Nuevamente el bus se aproxima y se detiene, pero no abre las puertas y allí lo escuchó, los gritos, la histeria, ¿viene de afuera? ¿viene de adentro?

De pronto, unas manos se lanzan por la ventana y halan mi cabello. El dolor me saca un grito antes de ser consciente de él. Trató de sujetarme del asiento sin soltar el bolso, pero no puedo pensar por el dolor. De pronto, me siento envuelta en silencio. No son los audífonos. Es el entorno, es el ojo del  huracán, un huracán donde no era consciente que estaba. Y allí lo veo, a la distancia, la mujer con el bebé está llorando, son lágrimas de sangre, son gritos horrorosos como un animal herido y allí busco el cuerpo del bebé, que ya no está en sus brazos, sino desparramado en el suelo inerte, desmembrado.

La imagen me produce un golpe de náuseas incontrolable. El espasmo me hace moverme lo suficiente para soltar mi cabello, pero el dolor me dice que he perdido gran parte de él.

De pronto, la mujer se endereza y entre alaridos, derriba a todos alrededor de ella. Es una fuerza de la naturaleza, golpea sin sentimientos, sin dolor, es despiadada, es aterradora y me resulta extrañamente hermosa.

Los gritos continúan desesperados con el caer del tercer cuerpo, sus movimientos son tan rápidos, que la histeria colectiva no logra alcanzarla. Tratan de escapar, pero las puertas están cerradas y el bus es una prisión. Reacciono y veo que el infierno se ha desatado en las calles. De pronto, las puertas se abren, mi mente divaga imaginando al conductor ensangrentado sobre el volante.

El sonido de choque me espabila y trato de escapar, pero entonces me doy cuenta de que nadie se mueve conmigo, estoy sola.
Frente a mí, veo a la mujer, recogiendo los pedazos del bebé, armándolo, sonriendo.

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